domingo, 4 de marzo de 2012

DAN A MATEO UN HOGAR CON DOS PAPÁS.

Se llama Mateo y a sus seis meses de edad ya es noticia en periódicos, estaciones de radio y televisión en México. A él eso no le molesta, siempre y cuando las entrevistas no provoquen que su papá José y su papá Gabriel se distraigan en su obligación de cambiarle el pañal, arrullarlo para la siesta y darle su mamila. Mateo come mucho. No hace falta que nadie lo diga, cualquiera que mire sus cachetes morenos y rozagantes lo puede adivinar.
Es sábado por la mañana y papá Gabriel está nervioso por las entrevistas de los últimos días y ha acordado con su esposo José, que después del debut de Mateo en los medios nacionales, guardaran un absoluto silencio para que pueda crecer como cualquier niño de familia.
No quieren que por ser hijo de una de las tres primeras parejas de homosexuales que adoptan legalmente en la Ciudad de México se vaya a convertir en algo extraordinario.
No por ese motivo.
La primera noticia de la llegada de Mateo al mundo, la tuve el 13 de enero de 2011 cuando en la bandeja de entrada de mi correo electrónico llegó un mensaje personal que anunciaba a amigos y conocidos de la pareja que el Tribunal de Justicia del DF había emitido el fallo a favor de la adopción del bebé.
Gabriel y José se sentían felices y en la misiva adelantaban que habría una gran fiesta para presentar a su hijo. Entonces pidieron discreción: la información compartida no era una nota para la prensa.
Casi un mes después, la pareja seleccionó a sólo seis medios de comunicación para invitarlos a desayunar y contarles todo lo ocurrido. Estaban convencidos que historias como la de ellos se deben conocer para ir abriendo brecha, hacer conciencia, dar la batalla cultural para que su hijo pueda vivir en un mundo sin discriminación y violencia.  
A ellos les preocupa que la Iglesia y los grupos conservadores sigan intentado enquistar la idea de que sólo la familia tradicional es la válida.
Y no, ahí esta Mateo arrullado por dos hombres que desde hace 8 años son pareja, que se unieron en las Sociedades de Convivencia (Ley que reconoció derechos de parejas del mismo sexo) y que para adoptarlo se casaron en un registro civil de la capital del país.
A las nueve de la mañana del lunes 19 de febrero, los reporteros convocados se reunieron para conocer la historia. Y preguntaban: qué cómo fue el proceso de adopción; qué cuando tiempo tardaron; qué si son difíciles los exámenes psicológicos; qué cuántas parejas gay han adoptado; qué si sienten miedo a la discriminación de la gente; qué por qué dar a conocer la historia…
José, periodista y activista social, narró durante poco más de una hora que el proceso de adopción les tomó casi cuatro meses desde el 19 de septiembre de 2011.
El hombre de ojos claros y cabellos como púas, estaba muy orgulloso que para cumplir con los trámites, él y Gabriel, fueron como relojeros colocando cada una de las diminutas piezas: la carta de antecedentes no penales, copias certificadas de algunas propiedades, actas de nacimiento, de matrimonio, pruebas de VIH, cuatro meses de sesiones todos los martes con el psicólogo, pruebas psicométricas, visitas de la trabajadora social durante tres meses a casa de un decena de familiares de ambos.
Mateo estaba ahí y escuchaba todo, mientras su papá Gabriel, quien trabaja en un banco, lo cubría con una colcha afelpada y jugaba con un pequeño Tiger. Luego fue tiempo de una lechita, de sentarse a ver a esos adultos preguntones, de balbucear un da-da-da sonoro y momento de una siesta después del desayuno.
José seguía hablando de que existen diversos tipos de familias. “Lo que queremos es tener los mismos derechos, no más, no menos y no queremos que nuestro niño cuando empiece a crecer sufra de discriminación o exclusión”.
Esa, aunada a la preocupación de darle una buena educación y garantizar su salud, es su principal inquietud.  
-¿Y cómo le harán para protegerlo de esa discriminación?
-De principio los psicólogos nos recomiendan nunca mentirle, que siempre tenga claro su origen y educarlo como un niño fuerte e independiente.
Seis días más tarde volví a la casa de Mateo, a aquel fraccionamiento de clase media ubicado frente a un parque al sur de la Ciudad de México.  
Encima de la mesa del comedor había una carpeta blanca con un registro fotográfico —solicitado por el DIF como constancia de las relaciones familiares que lleva el bebé— en donde se ve a Mateo abrazado con sus tías, besuqueado por una de sus abuelas. Una foto del pastel de chocolate y una vela con el número uno con el que festejaron su primer mes de vida. Otra foto con Mateo vestido de traje y corbata en la primera vez que fue chambelán de su prima de quince años. La chica con vestido pomposo es sólo uno de los 27 primos que tiene Mateo.
En la carpeta también hay una foto de Gabriel comprando la primera ropita: un mameluco color blanco con un gorrito del mismo color. Esa foto se tomó después del 22 de agosto cuando nació Mateo y estuvieron seguros que el bebé estaría con ellos.
“Gabriel se puso una coraza emocional hasta que supiera que la madre no se iba a arrepentir y legalmente ellos tuvieran la custodia del niño”, recuerda José.
La pareja había acordado con la madre biológica que si al momento del nacimiento ella cambiaba de opinión y decidía no dar en adopción al bebé, ellos lo respetarían.
A la madre biológica de Mateo la conocieron cuando tenía seis meses de embarazo. Ella a sus veintitantos años no podía con un hijo más, es una persona que poco dinero tiene para vivir, con problemas de desnutrición y en su circunstancia no podía hacerse cargo del bebé que venía en camino.
Ella estuvo de acuerdo en que José y Gabriel se hicieran cargo del futuro de Mateo. Con ellos le iría mejor. Las pruebas estaban ahí, los médicos ya habían diagnosticado la desnutrición del bebé y su madre desde el séptimo mes de embarazo. Y ya desde entonces la pareja comenzó a hacerse cargo de los gastos: despensa para que la madre estuviera bien alimentada, el seguimiento médico, el ultrasonido donde vieron por primera vez a Mateo.
De eso no más detalles.
Los psicólogos del DIF les recomendaron a los nuevos padres, no entablar ningún lazo con la señora ni antes ni después de que les entregara al niño. Y lo han cumplido a cabalidad.
Prefieren construir su presente, pensar en que en julio irán con el acta de nacimiento de su hijo a sacarle la visa gringa para que vayan a Estados Unidos, en cómo resolver la incomodidad que en los baños de hombres —exceptuando en los Sanborns— no hay infraestructura para cambiar el pañal del bebé.
“Pareciera que es una responsabilidad sólo de las mujeres”, se queja José.  
Y ya desde ahora, imaginan a Mateo en sus clases de natación en cuanto tenga permiso del pediatra; en su bautizo dentro de unos meses; en su primer día de clases en alguna escuela particular de esta ciudad; entrando a la primaria, la secundaria y la preparatoria; como un gran profesionista educado en alguna universidad pública; con sus primeras novias…
Y con todo ese futuro, Gabriel y José no entienden como Paquita la del Barrio puede pensar que es mejor que un niño de la calle muera a vivir a lado de una pareja homosexual.
“Estamos dando a Mateo la posibilidad de tener una buena vida”, dice José, quien ha encontrado en su hijo al perfecto escucha para ensayar la clase de comunicación que dicta en una universidad.
-Le leo de política o las lecturas que vemos en clase, dice José.
-Claro, porque es el único de tus alumnos que te escucha; bromea Gabriel, quien prefiere leerle libros para niños.
Suena el timbre.
Hasta la puerta del departamento llegan dos de las tías de Mateo con quienes pasa 8 horas diarias mientras sus papas trabajan. Una de ellas es masajista profesional y aprovecha sus conocimientos en fisioterapia para ejercitar al bebé. Le estira las piernitas, lo enseña tomar la mamila, a sacarse el chupón y a girarse sobre la cama. Ella está contenta porque Mateo ya intenta aplaudir.
A él le encantan los juegos y las trompetillas en las que su tía es experta. También tiene fascinación por observar la luz de los focos, ver videos en el IPAD de su papá Gabriel y escuchar a Baby Mozart, pero nada le gusta tanto como su elefante azul de felpa.
El lunes 27 de febrero, a sus padres les entregaron el acta de nacimiento de Mateo, donde decidieron poner primero el apellido de Gabriel y luego el de José. La decisión sencilla, el apellido más original ganó terreno.
Mateo, además, tiene garantizada la seguridad social que el banco donde trabaja su papá Gabriel le ofrece. En la institución bancaria no ha habido mayor problema para que Mateo tenga los mismos beneficios que cualquier hijo de banquero. 
Es tiempo...
Las puertas de casa de Mateo se cierran en adelante para los medios de comunicación, pero quedan abiertas para el DIF, que en cualquier momento puede hacer una visita para verificar que Mateo esté bien.


Epílogo.
Los nombres de los padres de Mateo fueron modificados por petición de ellos, para salvaguardar la tranquilidad de la nueva familia.